viernes, 19 de diciembre de 2025

Semejantes y prójimo

Eran siete u ocho personas, o individuos, quizá nueve. Se zarandeaban, se empujaban y se increpaban sin posible fin. El chaval de veinte años empujaba y gritaba a la mujer de cincuenta, la de sesenta y algo intentaba cogerle el pelo a la de treinta y el señor de sesenta movía los brazos intentando abarcar el mundo que ya se le había escapado. Todos ellos, formando una algarabía que trascendía dos calles más allá, supuestamente, peleaban campalmente por un taxi. No había ninguno en la parada, o eso me pareció cuando durante mi paseo me sorprendieron los gritos bélicos y agónicos y que, como ser curioso que soy me hicieron parar la marcha. Allí seguían soltando injurias e intentando alcanzarse las melenas, unas más frondosas que otras, cosas de la genética y de la edad. Entre tanta algarabía llamó mi atención un llanto desesperado y sincero. Ahí estaba. Un nene bípedo aún sin saber que lo era chillaba y lloraba espantado lágrimas gordas como garbanzos mientras sus padres, dignos de pillar un taxi a la de ya, agitaban sus progenitores brazos sobre la cabeza de aquella otra señora. Estuve tres minutos contemplando aquello con mi teléfono en la mano, sin grabar ni nada, bastante tenía ya con lo que recogían mis ojos. La ridícula pelea se fue disipando mientras yo iba metiendo mi teléfono en mi bolso. La criatura lloró aberrantemente demasiados minutos después, yo ya estaba haciendo lo que fui a hacer, pero su griterío no cesaba. Aún retumba su incomodidad en mi cabeza. 

sábado, 9 de agosto de 2025

Los rincones deseados


Las puertas viejas, hinchadas en sus bajos y tan lacias en su porte; las paredes,
 engordadas ya de capa y capa de pintura mala, una tras otra y sin miramientos y, aun así, tan deslucidas. 

No hay mano vigorosa ni mágico mejunje que devuelva a la línea que conforma la muralla del rodapié su anodino cometido que, todavía no se sabe cuál es, quizá, ostentar la pulcritud de trazos que, presumo, lució alguna vez.

Tampoco es el suelo riachuelo donde encontrar los ojos que lo miren porque, de tantos devenires, carreras y letargos, se volvió áspero, insulso y amargo, pero, qué curioso, también regio y necesario para seguir posando los pies. 

Cuánta ruina por rehacer. Eso es. Sea lo que deviniera si puede, será ruina otra vez. Y no es drama ni fatiga, es gastar, vivir, crecer. 

Esos rieles malditos copados de polvo y piel, de chirridos de persianas y de un hogar expedito donde hay días de treinta horas y otros de veintitrés.

Qué imperfección, qué lucha. Qué flaca se vuelve la hucha.

Falta menaje y sobra, qué de trastos, qué desdén, dónde pones esa balda, dónde tiras el "de quién" que hace tiempo que no estaba y que vuelve a aparecer. Sobra el espacio y falta y el continente de marras que tantos lustros ya gasta no ayuda a que salga bien; cuando hay posibles no hay ganas y si hay ganas, hay que hacer. Tú jamás serás mi casa.

Claro que no, dice ella que, mira si es zafia, que habla. Me caigo de vieja y me dejo hacer. 

Y te enseña, zorramente, sus rincones más preciados, por si los quieres ver. Ajados, hinchados, viejos, los del rodapié mojado.

Te muestra el lar del triunfo, te hace un atillo amañado, con el antes y el después, para que vayas con él o lo lleves a algún lado. 

Te lleva al rincón soñado, donde te partes a trozos, donde recompuesto sin esfuerzo tres cochambrosos objetos te elevan un instante al Cielo para bajarte después. Y así hasta el infinito son los rincones bonitos.