domingo, 31 de mayo de 2026

En el templo de mis carnes, concretamente en mis nalgas, renaciste como espora; yo sabía que aún vivías, putilla del infierno. Y según te invoco suena el, no sé cómo se llama, tendrá un jodido nombre, crepitar de una cigueña. Cómo las amo y cuánto las odio. Siempre han estado ahí, con su clap clap clap y con sus vuelos rasantes. Y su monogamia y sus cosas y sus huevos y su todo, las cigueñas. Me caen bien las muy estúpidas. 

Pues eso llevo en las grasas que acumulo, un clap de cigueña infinito, sin pico y con veinte palas, secas en sonido, pero toscas en cometido. Cuando se me atora una pluma, que alguna se me ha caído, la escupo tan rápido que dejo de ser pájaro y de pronto soy bífido. Y qué más da lo que sea, me digo. 

Es un bestiario el camino. Suda, suda, para, para. Te ahoga y te gusta, amigo. 

Pero camina solo por mucho miedo que te dé, que de otra manera no ves y que si no es soportable ya aparecerá vereda que te parezca viable en amable compañía que no es lo que tú querías aunque te hará mejor viaje. 

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