He masacrado cabezas, ilusiones y propósitos, ajenos y míos, he pisoteado ideas, pretensiones y sueños, con tacón duro desbocado e ida la mente. He salpicado con la pus de mis latidos a quienes se acercaron a latir conmigo. He hecho derramar lágrimas amargas para poder absorberlas luego en mi pecho vacío. He coartado carreras hacia un edén que yo había pintado para alcanzar en compañía, y lo he borrado a golpe de inconsciencia y gritos sordos hacia la mano tendida. He roto las fotografías futuras, las bonitas, las de enmarcar con el ébano del cariño verdadero y los proyectos sagrados. He arrojado agujas en ojos que me vieron pura y he tirado arena en sus bocas, hacia sus pulmones, con mis dos manos torpes, inocentes. He forjado puentes de plata cuando buceábamos etéreos en el mismo agua. He matado en vida y he vivido muerta. He profanado perdones y oportunidades, aliviada y terca. Qué puedo sentir en cuanto a eso. Nadie pregunta, esa es mi cruz, la respuesta.
viernes, 24 de enero de 2020
lunes, 9 de diciembre de 2019
TRAMPANTOJO
Intento recordar situaciones pasadas que considero determinantes y en cierta manera condicionantes en mi modo de proceder en el presente. El problema es que me falla la memoria o que, simplemente, mi cabeza no registró aquellos eventos como suficientemente destacables y no los encuentra por más que los busca. Me pierdo muchas veces en una de esas mareas mnemotécnicas, es decir, zozobro intentando recordar cuándo fue la primera vez en mi vida que hice un favor a alguien, un favor de verdad, un esfuerzo que aun siendo mínimo beneficiase a otra persona. Me pregunto si esa primera vez alguien me lo agradeció o si mi empeño en contentar a otro finalmente surtió efecto. Imagino qué edad podría tener yo cuando decidí por vez primera ayudar a otra persona desinteresadamente, qué sentí al hacerlo y qué me llevó a procurarlo. Y no me acuerdo.
Pienso en por qué regalamos favores a los demás, qué buscamos cuando los hacemos, qué queremos de nosotros, qué nos lleva a darnos chocazos muchas veces y a regodearnos por el mismo motivo otras. Pienso en si, verdaderamente y lejos de sentir otra cosa, aquella primera vez no sentí más que la victoria del falso generoso, la gordura del egoísta medio saciado, el orgullo del condecorado. Fantaseo con una versión de mí despojada de vanidad, volcada en hacer el bien sin esperar palmaditas. Y no me acuerdo.
¿Cuándo empieza uno a reincidir? ¿Cuál fue ese primer favor? ¿A quién? ¿Cuándo deja de doler la ingratitud, si es que existe y no la imaginamos?
jueves, 7 de noviembre de 2019
UN CANDIL
Pero no pegues portazo, cierra despacio y mal, que si veo que no vuelves, yo la entornaré al pasar. No pegues portazo, mis oídos ya no filtran, mis entrañas oyen todo y me afectan los estruendos. No pegues portazo, dime que ha sido el viento, que olvidaste despedirte con las prisas, que dejaste en el perchero algún sombrero, para luego. No pegues portazo, mi casa es vieja, se cae a trozos, cruje y solloza, respira moho y en cada sacudida aprieta los ojos. No pegues portazo, déjala estar como estaba, ni cerrada ni abierta, sin cerrojo, por si acaso, que se vislumbre el candil que hay al fondo.
martes, 22 de octubre de 2019
SOMBRAS
Somos la sombra de algún proyecto. La caverna de Platón. Todos somos el vestigio de aquello que se vislumbraba grande en nuestra mente pequeña para tanta expectativa. Somos a veces el moco resultante del esfuerzo y la fatiga crónica de ir a por lo mismo en mil ocasiones. La lucha, los golpes contra el cristal, el orgullo y la ira. Somos los fracasos ataviados de negro noche, de dignidad fingida y relajada negación. Eso. Somos el empecinamiento oscuro y absurdo que nos convierte en copia, la copia de lo que estando ahí, ¿en las entrañas? no sabemos usar. Y eso somos, bellos y grises, imperfectos y cansinos. Dale y dale. Y damos cuando nos dejan y cuanto queremos dar, que suele ser poco. La espiral infinita, la sombra cómoda, el yo a medias. Y a cuartos, y menos. Reservados y obstinados.
lunes, 23 de septiembre de 2019
VERDE
Te recuerdo verde, no el verde de ciertas joyas ni un verde esperanza. Te recuerdo verde clorofila, verde mar y verde árbol, el verde de mi sinestesia, el que abre unos brazos infinitos formando un hueco donde cabemos todos, especialmente los sufrientes, los tarados, los lejanos por discordantes, los diferentes y los cansados. Te recuerdo verde lima, alegre y ácida, chirriante si abusas y jovial si sólo miras. Te recuerdo verde botella, las últimas que abrimos, las mías de ahora, las que no serán y las que ya se sudaron con fatiga. Te recuerdo verde, mi verde, el verde que no se ve, el del crepitar de hojas, el de infinitas colinas, el de tus ojos al sol, el que se respira. Verde, verde, dos vocales repetidas, como en tu nombre y como tu día. Verde como la orfandad que crece, maleza viva. Verde como los chistes, poca risa. Qué hilarante, como tú eras y como soy, que el día que lleva tu nombre te fueras. Qué ironía. Te recuerdo verde, madre, el verde eterno del bosque, así se enrede en el cielo, así prenda, así todo ese verde mundano se fría.
jueves, 18 de julio de 2019
SIN OMBLIGO
No me siento de ninguna parte, tampoco de todas. No quiero ni me nace, de nunca, de siempre. No conozco ese sentimiento umbilical que a otros ata dulcemente a un origen geográfico. No quiero ni me nace. No distingo la belleza subjetiva de lo autóctono del resto de cosas bellas, tampoco defiendo una losa o un trozo de tierra que no es trozo siquiera, sino un todo al que poder darle la vuelta. Me gusta mi parentesco etéreo con todo el conjunto y mi visión descastada para con él. Agradezco al azar, no obstante, las mieles que encuentro en los escasos metros en los que me muevo. En ninguna parte estoy bien porque ninguna son todas. Me gusta sentarme en el suelo y sentirme en el mundo.
jueves, 4 de julio de 2019
HILO ELÁSTICO
No he contado las veces que volví al mismo sitio. Probablemente, porque no es algo certero, si supiera a qué idéntico lugar regreso cada vez, me habría sido más fácil contabilizar esos regresos, o puede que no, puede que en ese caso únicamente me reconfortara regresar sin más, como ahora, como ahora que no conozco ese origen que tampoco sé si lo es. Pero vuelvo a estar ahí, una y otra vez, decenas ya, puede que centenares de veces, y es curioso cómo, según el viento que sople, porque tampoco entiendo qué mecanismo me lleva a contemplarlo y sentirlo de tan distinta forma cada vez, en ocasiones lo siento casa y en ocasiones trinchera; incluso boquete lo siento. Salgo de ahí, vuelvo a salir porque también volví a entrar, una y mil veces ya, somos mayores y hubo tiempo. ¿Qué pasa durante esas excursiones que se suponían partidas sin retorno? ¿Qué desencadena el retroceso? ¿A dónde se supone que iba? Hay acaso un hilo elástico, como el de esas pelotas de la infancia, que, ciertamente y estirándolo bien, así como se estiran los deseos más hondos, propulsa la bola con energía más que destructiva y poderosa, pero... Ni se destruye ni se emancipa de la base. La base. La casa, la trinchera, el boquete, el origen. Ha habido ocasiones, a puñados, elástico distendido y longitud suficiente, pero jamás tijeras; ha habido tijeras, brillantes y afiladas, pero jamás tajo; ha habido nudos, retorcidos y apretados, que ninguna mano con uñas ha podido desatar, pero jamás rotura. Cualquier día se rompe, eso también es verdad, y a ver dónde queda la pelota. No tener esa información, qué gran alivio.
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