Escuché un portazo. No recuerdo qué estaba haciendo, probablemente me encontraba escupiendo pelusas y desatascándome los ojos mientras peleaba con alguna madeja, alguna de esas habituales, habitualmente reliadas y estorbando, para no variar. De nuevo, para no perder un tiempo que claramente me sobra, la solté a un lado para ir a ver. Lo que se ve tras el sonido de un portazo al otro lado, por mucho que mires, es básicamente lo mismo que veías antes del estruendo: nada. Así es que me tocó averiguar luego. ¿Qué estaba? ¿Qué no está? ¿Qué falta? ¿El viento? ¿Había viento? Habría, seguramente. Siempre lo hay ahí fuera, siempre sopla para otros que vuelven con el pelo enmarañado y ganas de casa. Qué desasosiego añadido, qué desazón, ¿qué se ha ido y no vuelve y me revuelve las tripas con su ausencia? ¿He de echarlo de menos si acaso no lo vi partir? ¿Cuándo? ¿Cuándo las cosas que no regresan se van para siempre? Así que me costó averiguar luego. Luego, tras la pila de madejas, esas que no termino de desenmarañar para tener donde apoyar, agotada, la cabeza.
viernes, 1 de mayo de 2020
martes, 28 de abril de 2020
SEMPITERNO
Yo tuve un hogar, uno grande y sempiterno. Un hogar de antebrazos fuertes y hombros frescos, de aliento cálido y cansado, siempre vivo, aun muerto. Tuve un hogar de regazo temprano e imperecedero. Yo tuve el hogar, los lares, el fuego, cuando no reinaba la dicha y bailaban las cortinas proclamando inviernos. Un hogar plagado de sonoros silencios, callados festejos. Yo tuve un hogar blanco, níveo, sereno, lleno de curvas y vaivenes, calmado trasiego. Seguro, blindado, de amor ciego. Yo tuve un hogar. Yo guardo el hogar, yo soy el hogar donde llevo morando por siglos, desde antes y hasta luego. Yo tuve un hogar venidero, que vive porque no está, porque fue y porque ha de serlo, sin paredes que lo ahoguen y sin suelo. Tuve el hogar que libé agarrada a su seno. Yo tuve un hogar, lo tengo.
domingo, 26 de abril de 2020
ENCONTRARSE ERA ESO
Encontrarse, después de todo, no era difícil. Bastaba con parar tres segundos tras cualquiera de esas oleadas de chocazos en tan hermético habitáculo, pararse no solo a respirar con más ganas para seguir chocando, bastaba con parar del todo por un instante. Y observar. El ritmo de los latidos, la falta de aliento, el agotamiento, las ganas y, sobre todo, las intenciones que, premeditadas o no, ponen en marcha la máquina. Encontrarse no era difícil, menos aún en un mundo creado a demanda, cerrado y propio, y tan desconocido a veces por aquello de ir formándolo sin pautas ni planos ni modelos que admirar. Obstinación y soberbia, desde luego, y exclusividad, por supuesto. Encontrarse se antojaba idílico, no obstante, y justo por eso lejano aun estando tan cerca. Encontrarse era eso, parar, aceptar, comulgar y perdonar para luego ver qué hacer. Encontrarse no era un sueño ni un espejo, ni siquiera una voz en segundo plano anunciando la llegada, sino un comienzo infinito con lo que ya había, para seguir chocando quizá, para continuar nadando o para ahogarse tragando.
viernes, 24 de enero de 2020
LA RESPUESTA
He masacrado cabezas, ilusiones y propósitos, ajenos y míos, he pisoteado ideas, pretensiones y sueños, con tacón duro desbocado e ida la mente. He salpicado con la pus de mis latidos a quienes se acercaron a latir conmigo. He hecho derramar lágrimas amargas para poder absorberlas luego en mi pecho vacío. He coartado carreras hacia un edén que yo había pintado para alcanzar en compañía, y lo he borrado a golpe de inconsciencia y gritos sordos hacia la mano tendida. He roto las fotografías futuras, las bonitas, las de enmarcar con el ébano del cariño verdadero y los proyectos sagrados. He arrojado agujas en ojos que me vieron pura y he tirado arena en sus bocas, hacia sus pulmones, con mis dos manos torpes, inocentes. He forjado puentes de plata cuando buceábamos etéreos en el mismo agua. He matado en vida y he vivido muerta. He profanado perdones y oportunidades, aliviada y terca. Qué puedo sentir en cuanto a eso. Nadie pregunta, esa es mi cruz, la respuesta.
lunes, 9 de diciembre de 2019
TRAMPANTOJO
Intento recordar situaciones pasadas que considero determinantes y en cierta manera condicionantes en mi modo de proceder en el presente. El problema es que me falla la memoria o que, simplemente, mi cabeza no registró aquellos eventos como suficientemente destacables y no los encuentra por más que los busca. Me pierdo muchas veces en una de esas mareas mnemotécnicas, es decir, zozobro intentando recordar cuándo fue la primera vez en mi vida que hice un favor a alguien, un favor de verdad, un esfuerzo que aun siendo mínimo beneficiase a otra persona. Me pregunto si esa primera vez alguien me lo agradeció o si mi empeño en contentar a otro finalmente surtió efecto. Imagino qué edad podría tener yo cuando decidí por vez primera ayudar a otra persona desinteresadamente, qué sentí al hacerlo y qué me llevó a procurarlo. Y no me acuerdo.
Pienso en por qué regalamos favores a los demás, qué buscamos cuando los hacemos, qué queremos de nosotros, qué nos lleva a darnos chocazos muchas veces y a regodearnos por el mismo motivo otras. Pienso en si, verdaderamente y lejos de sentir otra cosa, aquella primera vez no sentí más que la victoria del falso generoso, la gordura del egoísta medio saciado, el orgullo del condecorado. Fantaseo con una versión de mí despojada de vanidad, volcada en hacer el bien sin esperar palmaditas. Y no me acuerdo.
¿Cuándo empieza uno a reincidir? ¿Cuál fue ese primer favor? ¿A quién? ¿Cuándo deja de doler la ingratitud, si es que existe y no la imaginamos?
jueves, 7 de noviembre de 2019
UN CANDIL
Pero no pegues portazo, cierra despacio y mal, que si veo que no vuelves, yo la entornaré al pasar. No pegues portazo, mis oídos ya no filtran, mis entrañas oyen todo y me afectan los estruendos. No pegues portazo, dime que ha sido el viento, que olvidaste despedirte con las prisas, que dejaste en el perchero algún sombrero, para luego. No pegues portazo, mi casa es vieja, se cae a trozos, cruje y solloza, respira moho y en cada sacudida aprieta los ojos. No pegues portazo, déjala estar como estaba, ni cerrada ni abierta, sin cerrojo, por si acaso, que se vislumbre el candil que hay al fondo.
martes, 22 de octubre de 2019
SOMBRAS
Somos la sombra de algún proyecto. La caverna de Platón. Todos somos el vestigio de aquello que se vislumbraba grande en nuestra mente pequeña para tanta expectativa. Somos a veces el moco resultante del esfuerzo y la fatiga crónica de ir a por lo mismo en mil ocasiones. La lucha, los golpes contra el cristal, el orgullo y la ira. Somos los fracasos ataviados de negro noche, de dignidad fingida y relajada negación. Eso. Somos el empecinamiento oscuro y absurdo que nos convierte en copia, la copia de lo que estando ahí, ¿en las entrañas? no sabemos usar. Y eso somos, bellos y grises, imperfectos y cansinos. Dale y dale. Y damos cuando nos dejan y cuanto queremos dar, que suele ser poco. La espiral infinita, la sombra cómoda, el yo a medias. Y a cuartos, y menos. Reservados y obstinados.
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