martes, 2 de enero de 2018

SALUDA

Nadie vivo ha visto a la muerte de cara, no presumamos. Por mucho que algunos juren y aseguren que han llegado a transitar por un túnel con luz al fondo o que han vuelto de las sombras empujados por una fuerza superior, en realidad, ninguno de nosotros que aún estamos aquí sabemos qué pinta tiene la muerte o cómo le huele el aliento. Sin embargo, cada día Ella se pasea entre nosotros y se regodea al hacerlo, es más, tiene sus lugares predilectos donde campar frescamente y pasa más tiempo con según qué mortales. Aun así, es decir, aun sintiendo su halo cerca, bastante cerca, podemos ser anfitrión o espectador y no por propia elección. Afortunadamente, supongo, hasta la fecha únicamente me ha tocado mirar y, sobre todo y más frecuentemente, echarme a un lado cuando viene a convivir con los viejos. Resulta que hay días que te cae bien, no te incomoda su silencio chillando sordamente, no te parece insolente ni desproporcionada, ni siquiera ves en ella al enemigo. Estoy hablando, repito, de cuando te toca mirar y no de hacerle la cama, ahí seguramente ya no sabría manejarme, o sí, a saber, nunca podré contarlo, me temo. Sin embargo, los observo a ellos mientras la Doña los visita y no aprecio miedo en sus ojos, ni sorpresa, tampoco se muestran débiles o contrariados; veo en sus caras la expresión inexpresiva de quien recibe al cobrador de seguros, que si bien nunca es acogido con una fiesta de globos y confetis tampoco se le cierra la puerta porque sabes que tiene que trabajar, saludar, cobrar y largarse.



Es posible que traigamos un código forjado a fuego en nuestro ADN que marca las pautas a seguir cuando Ella está cerca, un acuerdo implícito desde el principio de los tiempos que además de velar por el correcto funcionamiento de la vida, y paradójicamente la muerte, hace que no perdamos la calma. O no. A lo mejor es sólo resignación, apatía y cansancio. Sea lo que fuere, desde la barrera, se ve natural.

viernes, 24 de noviembre de 2017

SOPLA


Ahí va flotando en una nube densa como puré. El viento la zarandea, se mueve, se agita, se estira, se calma, se forma, se espesa otra vez. No rompe, no abre, no llueve, ¿qué hace? Sostiene, soporta en su lomo aquello que ahí ves. No lo veo. Sí lo ves. No lo veo. Sopla y mira otra vez. Un soplo, dos soplos, tres. Se encoge, se expande, la nube se va a romper. Se aclara, se extiende, se vuelve transparente, se empieza a deshacer. Ahí está, ya se ve. Es rojo, se mueve, bombea, está vivo, ¿qué es? Algo que puse allí arriba casi sin querer. Entonces, si sigo soplando… Sopla, sopla fuerte, abre tus brazos y sujétalo bien al caer.

jueves, 2 de noviembre de 2017

TODO HABLA



Con el tiempo, llamémoslo el tiempo, las palabras empiezan a ser menos. Uno no sabe exactamente por qué, si es porque se fue quedando sin argumentos nuevos, porque los viejos ya están manidos, porque los sonidos pesan en vez de volar, porque es tanto lo que hay que decir que cuesta darle forma o si, sencillamente, se tienen menos ganas, o recursos, o a saber. Y no es algo malo y no es que se quiera evitar comunicación alguna, más bien al contrario, se pretende un entendimiento mudo, una complicidad silenciosa basada en todo aquello que no son palabras. Hartan las explicaciones reiteradas, las aclaraciones de lo que ya estaba claro, como también escuece seguir abriéndose el pecho cuando hace ya tanto que luce en canal.

Con el tiempo, llamémoslo así, uno ya sabe con quién quiere hablar sin hablar y no espera menos y tampoco quiere más. La boca para comer, para respirar, para morder y besar. Se desea ser oído con los ojos, con la contemplación productiva de quien quiere escuchar sin prisas, desde la madurez. La energía habla, el modo de mirar también, la postura en el sofá, la cantidad de comida que se pone en el plato, la camisa negra que se escoge por la mañana, el perfume que se usa para cenar acompañado o el agua de colonia para ir a trabajar. Los suspiros hablan, las miradas de reojo también, las sonrisas que se regalan sin ningún motivo, las lágrimas que asoman y no llegan a caer, el pisar acalorado por el pasillo, el modo de cerrar una puerta o el volumen al que se pone el televisor. El sueño profundo habla, las vueltas en la cama también, la barba mal arreglada, los cordones desatados, la ropa interior color crema, las persianas bajadas, los roces de manos, las risas hacia dentro o los botes de champú. La mesa llena de cosas habla, la silla vacía también, las pelusas rodando, el vaho en el espejo, la lista de la compra o el libro que se lee. Todo, todo habla. Es bonito y es feo, pero es bueno no hablar y hacerlo a la vez.

Con el tiempo, llamémoslo así, así tiene que ser.

sábado, 2 de septiembre de 2017

MI PLAYA DE PLATA


Hay en el mundo una playa que huele a aceites y tripas, a marismas y a ostiones, a plumas mojadas, a estío. Ella no sabe que es playa porque aún no dejó de ser río, y es arisca y despeinada porque no sabe hacer olas, ni rugir con genio, ni atraer gentío. Sus barcas que son su espuma conocen su desvarío, la acompañan en su baile y le silban al oído. Mi playa tiene teselas color de plata en su lomo, brillantes como diamantes, nerviosas como potrillos, ligeras como bichitos. Y suenan. Suenan a sal, a cauce, a mar, a agua dulce y rocío. Sólo cuando la escucho mi playa de plata sonríe. Mi playa de plata que es río.

lunes, 24 de julio de 2017

EL DULCE AQUELARRE


Tengo un azucarero para guardar el azúcar de otros tiempos. Lo tengo, es mío, como tienen los poderosos sus riquezas, los países su patrimonio, los avaros sus codicias. Lo tengo en alto, sobre unos libros que hacen de peana reposa majestuoso y sucio de azúcar viejo en sus bordes, no decora, acompaña mi estancia. A veces levanto su tapa y miro dentro, paseo los dedos por los restos blanquecinos y afilados del condimento ya seco que un día endulzó las tardes de mis ancestros. Temo despegar alguna lasca, son tan pocas; temo despojarlo de su eco dulce, por eso lo hago suavemente, más con la mente que con el tacto. Y entonces afino la vista y me pierdo en su fondo. Veo cabellos blancos, delantales de cuadros de vichy en color azul oscuro, babuchas de suela negra y medias marrones de goma dura, veo mejillas sonrosadas en una cara que no conozco y que me agrada. Son tres mujeres, cuatro conmigo. Yo soy la intrusa, la invitada atemporal, la buscadora de oro. Mi madre aún es una niña que juega con el azúcar, se ensucia su pelo grueso con granos pegajosos que se han quedado en sus manos; su madre la mira tranquila mientras gira en una taza una cucharilla minúscula. La anciana se remanga el delantal y se sienta a la mesa fuerte y vetusta como la ensoñación que me ocupa.

Allí está mi tesoro, en el centro, solemne y absurdo a un tiempo, haciendo de fuego sagrado como si no supiera que es un azucarero de cerámica, seguramente barata. Se para el reloj. Mentira. No hay minutos ni horas ni segundos, no hay nada más que ellas cuatro, nosotras cuatro, cuatro generaciones en torno a un recipiente con azúcar. No siento pena, no me palpita distinto el corazón por la nostalgia, es otra cosa, es la felicidad extraña que provoca acariciar una alhaja, es la calma del ahora infinito, la fusión del antes con el Yo puro. Sólo siento un halo de angustia al cerrar la tapa y devolverlo a su sitio, que no se caiga, que no se rompa, que no se despeguen los granos dulces que le hacen estar tan vivo. Tengo un azucarero que fue de mi bisabuela donde guardo el azúcar de todos los tiempos.

viernes, 21 de julio de 2017

PARCIALES, SUMANDOS, TOTALES

Encajar no es complementar, al revés tampoco. Encajar es sólo eso, hacer click, amoldar una pieza dentro, encima, debajo, al lado de otra a modo de puzle, como puede encajar un gajo de mandarina en el lugar de un diente de ajo o una castaña en el hoyo número cuatro de un campo de golf. Encajar resulta armónico - en apariencia -, homogéneo - a simple vista -, sencillo y automático, pero pobre.

Complementar es destacar sin sobresalir - homogeneizando -, es aportar y recibir - formando armonía -, es no hacer click o quedarse fijado allí, en el hueco evidente; es hacer distintas cada una de las posibilidades que son infinitas. Complementar es posar un punto rojo sobre un fondo gris haciendo al gris indispensable y al rojo necesario para que sean eso que ambos son cuando se dan a un tiempo, genuinos, conjuntados que no iguales. Complementar es más bello que encajar porque requiere el esfuerzo natural de las cosas que terminan siendo únicas en unión tras haber sido ordinarias por separado.

lunes, 17 de julio de 2017

VESTIGIOS

Si en el viaje te pierdes siempre puedes buscar el marcapáginas, si es que lo dejaste, o el borde doblado de la hoja, si acaso la quebraste. Uno se moverá contigo, será tu candil hasta el último aliento de la última letra; el otro quedará siempre entre las líneas como una cicatriz reminiscente. Así se marca la vida. Y los libros.