miércoles, 22 de mayo de 2019

SOLOS


Hay siempre una primera vez, una sola que es la primera, una que bien puede recordarse hasta expirar o pasar desapercibida como si nunca empezara. Jamás se está preparado, aunque sí lo parezca, y nunca se le abre los brazos o se le tiende la mano; ni siquiera se le espera o se presiente, únicamente llega. Las siguientes visitas escuecen menos, o más, no sigue patrón aun siguiéndolo y no fortalece de la manera que luego es relatada, nos hace mentir, por tanto. Aparece en medio del dolor más tosco, entre la angustia primigenia y los temores más antiguos de la especie humana; llega en la infancia, en la adolescencia y con trote escandaloso en la edad adulta. Pisa, aplasta, sella con lacre frío y compacto nuestros labios dejándonos hablar y chillar por dentro, sumiéndonos en los ecos de nuestros alaridos. Una tinaja sin boca. Llega en cualquier momento, violenta maza, la certeza de saberse solo, la vez primera y el resto de todas ellas.

lunes, 29 de abril de 2019

CALIENTES



Caen calientes y espesas y raras veces avisan. Más saladas que las otras, más pesadas y rígidas, formadas perfectamente, casi dibujadas, y punzantes. Se deslizan enteras sin romper su forma hasta las comisuras de los labios, hasta el cuello otras veces. Las lágrimas calientes son las únicas lágrimas vivas desde mucho y hasta siempre; no requieren aspavientos ni ademanes, nacen sin parto y jamás mueren, no desfiguran la cara porque no vienen de ella ni de los ojos, emanan directamente del alma. Qué ñoñería tan cruel cuando sabes que el alma existe. Brotan de ella así te tapes la boca, la muevas formando curva cual risa o frunzas la cara simulando enojo, o indiferencia, no vale; brotan, queman, arden, pesan gramo y medio cada una. Pasean por las mejillas, inexpresivas estas, calladas y zorras ellas. Te hacen llorar cuando no quieres ni debes, te hunden en ese pantano suyo donde desembocan, te arrastran a su mar salado y lacio desde allá donde te pillen. Las lágrimas calientes son escasas en la vida, pero la ocupan entera porque vienen para quedarse. Nadie más las ve, nadie más que tú las siente, no dejan ojos rojos, ni fatiga ni surco, jamás se comparten ni se enjugan. Las lágrimas calientes no se remedian ni se olvidan, se acogen, se prueban y se las traga uno. Gramo y medio. Por cada hueco, medio y uno por cada pérdida o cada pretérito inconcluso, uno y medio por cada vano intento y cada fracaso. Gramo y medio pesando un mundo caliente sobre una cara que tras ellas ha de volver a sonreír.

viernes, 22 de marzo de 2019

¿PERDIDO?



Saberse perdido también es estado. Nadie se pierde en ninguna parte, en el vacío o el éter, sino en aquello que, lejos de no creer conocer, conoce; conoces el continente y cada rincón del contenido, desordenado y no ubicado, que no ajeno ni extraviado. Saberse perdido es - igualmente - estar en todo aunque no exista hallazgo de plena comodidad en nada. Saberse perdido no implica moverse, y aun así te mueves, más que encontrado, establecido, acabado. Saberse perdido es empezar mil veces, billones, trillones. Saberse perdido es saltar al vacío de lo lleno, caer de pie y mirar a los lados, no reconocer techos, paredes y suelo y querer saltar de nuevo.

domingo, 3 de marzo de 2019

VACÍO


Sangrar en silencio sin aparente motivo, ni herida, sin sangre delatora anunciando pérdida; mas, ¿qué se pierde cuando no hay nada? Nada más que el vacío sangrante, incesante desde el principio. Llorar riendo sin razón alguna, ni escandalosa pena, sin lágrimas calientes anunciando ausencia; pero, ¿qué anhela quien nada quiere? Nada salvo todo, que es la abstracción constante, imparable desde el origen.

domingo, 24 de febrero de 2019

DE CABRILLAS Y NIÑAS

Yo tuve una cabrilla, una cabrilla con nombre. No traía su nombre cuando llegó a mí, es decir, nunca supe eso, tal vez tenía uno, pero, ¿quién ha llegado a conversar con una cabrilla? Bueno, yo sí, quizá no fueran conversaciones de esas que consideramos al uso, pero, ¿al uso de quién? ¿Dónde está escrito eso? El caso es que Kippy llegó a mi mundo como llegan las mejores cosas, fruto del azar y, en este caso, de una compra que hizo mi madre en el mercado de abastos. Kippy, ella o él, porque las cabrillas, ahora que caigo, son hermafroditas, ¿no? Bueno, eso, Kippy fue la primera (la primera cabrilla, sin género específico) que quiso salir de la bolsa de plástico blanco donde ella y muchísimas más, quién sabe si de su familia o de su vecindario, viajaron desde el mercado hasta mi casa. Yo, que - naturalmente - a mis diez u once años era aún más impredecible que hoy día, sentí una especie de llamada silenciosa por su parte; era como si sus dos ojos saltones, y bien saltones, estuvieran clamando entre asustados y triunfantes: “Soy yo, soy el estandarte que esperas, el símbolo fehaciente de la lucha contra lo establecido, la resistencia, la supervivencia por encima de cualquier vicisitud. Soy yo, ven a por mí, sin mucho ruido, como se hacen las grandes hazañas, llévame”. Y me la llevé. La agarré como la que roba un anillo de oro de muchos quilates (iba a apuntar un número, pero no tengo ni idea de cómo va lo de los quilates ni me gusta el oro). Corriendo, literalmente, me zambullí en aquella habitación que entonces era mi cueva, cerré la puerta y de pie, con Kippy en la palma de mi mano, dejé que mi nueva amiga se tomase un tiempo para ojear y sentir el espacio en que ahora babeaba. Ya estás a salvo, pensé. Dentro de lo lo posible, supongo, porque claramente yo pensaba que el paraíso de una cabrilla era una especie de selva plagada de verde, de gotas de rocío y de una humedad considerable. Rápidamente, me hice con una caja de zapatos vacía a la que agujereé la tapa con un bolígrafo simulando un apuñalamiento quién sabe a quién o a qué. Tú aquí, …, Kippy. Siempre he tenido facilidad, que no necesariamente acierto o buen gusto, para poner nombre a todo, así es que lo de Kippy me vino como un suspiro, natural y velozmente. Kippy, mi Kippy. ¿Qué vas a comer? Tendrás que comer. Pensé en lechuga. En mi casa siempre, absolutamente siempre, había lechuga. Robé (porque con esa edad y en esas circunstancias me parecía un robo) una hoja de lechuga de la cocina y la coloqué en la caja de zapatos de mi sigilosa amiga, luego, tranquilamente, pude estar observándola como hora y media o dos horas. Nada. Kippy no comía, Kippy no hacía nada. Bueno, nada tipo perro, gato o pececito naranja. Kippy caminaba lentamente por la caja, por la lechuga, por la caja otra vez, por la lechuga de nuevo… Cerré la caja y continué con mi vida. Aquella vida, quién la pillara. Al día siguiente, nada más abrir los ojos y antes siquiera de vaciar mi vejiga, fui corriendo a la ventana para levantar la tapa de la casita de Kippy. ¡Has comido! ¡Has comido! ¡Kippy, has comido! No cabía en mí, no quería ir al colegio, no quería hacer otra cosa que no fuera ver a Kippy comer, estar, vivir, allí conmigo. Pasaron los días y las semanas y algún mes y ella y yo hablábamos de todo, bueno, de todo no, de cosas de cabrillas y de niñas de once años. Irremediablemente y dada la asiduidad con la que hurtaba hojas de lechuga de la cocina, en mi casa corrió la inquietante voz de “la niña tiene una cabrilla en una caja de zapatos”. Mi padre nunca hizo amago alguno de sorpresa, aceptación, disconformidad, repulsa o indiferencia, nada; mi madre me guardaba cada día una hoja de lechuga y me la daba con una complicidad propia de quien entrega un alijo en una calle oscura, y mi hermano, ay, mi hermano, mi hermano se cachondeaba de mí y de Kippy del derecho y del revés. Kippy murió después de una larga y apacible, creo, estancia en mi ventana, en mis brazos, en mis manos y en mi vida. La encontré evaporada una mañana, tal cual. Me dejó su caparazón, o como quiera que se llame eso, vacío de ella y lleno de hormigas. Lloré. Mucho. No lo conté hasta pasados dos días porque, bueno, porque sí, porque suelo dejar dos días o más entre que algo muy malo me pasa y el momento en que finalmente me explayo y lo suelto. Mi hermano no se rió y eso me gustó mucho, mi madre me dijo algo en su línea de persona práctica, algo así como “ya le tocaba, pero ha estado bien contigo. Dame un besito” y mi padre estaría trabajando, o yo qué sé. Llegados a este punto supongo que no hace falta aclarar que le di el adiós que para mí merecía y que siempre, siempre, se quedó conmigo de alguna manera. Tomé esa foto este mismo año, muchos años después y muy lejos de los once que tenía entonces. La tomé porque siempre recuerdo a Kippy en cada caracol o cabrilla que veo y me como porque, aun más vieja, sigo siendo ese ser sensible que da vida a todo lo que pone nombre, pero también aprendí la praxis de quienes mejor me han guiado hasta ahora. Puedo ceñirme a lo práctico, lo resolutivo y lo racional, pero nunca dejaré de ver un Kippy en, prácticamente, todo cuanto hago. Y no sé si eso es malo o bueno, pero, ¿qué puedo hacer ya? Hace demasiado que es así.

miércoles, 20 de febrero de 2019

BAJAR A LOS INFIERNOS

Hay que bajar de vez en cuando a los infiernos, a las cavernas de cada uno y sólo bajar ya cuesta. Porque ya es suficiente engorroso asumir que se cuenta con esa parcela de lodo que se ha ido formando a base de miedos, ira, complejos, torpezas, mugre visceral no aprovechable como para una vez allí tener que escarbar sin uñas hasta sacar del fango aquello que ya huele demasiado. Lo peor viene realmente luego, cuando con esos despojos en las manos, tuyos para más inri, sales al exterior todavía con la cabeza gacha del esfuerzo, quizá más por el bochorno, y extiendes los brazos para que el de fuera vea la mierda que traes ahí. Y es un trance, un episodio tedioso, un momento incómodo para ambas partes. Tú, mostrando tu detrito a la vez que deseas fervientemente librarte de él sin ser juzgado; el otro, espantado, con ojos desorbitados pensando “qué asco, ¿toda esa bola sucia tenías ahí dentro?”. Y sí, todo eso tenías, y hasta más. Aunque haces bien bajando, escarbando, sacándolo fuera y mostrándolo humilde, qué remedio, y, probablemente y a pesar del susto inicial, también quien observa sabrá ver en ese gesto su propia naturaleza, sus mismos escombros, la misma humanidad que nos rebosa a todos. Es así cómo se reconocen, se gestionan y se intentan pulir nuestros sentimientos bastardos, aquellos de los que renegamos casi siempre por no ser los que mejor nos definen, porque en el fondo somos más y mejor que todo eso, o eso sentimos. Nadie quiere ser rabioso, nadie quiere ser inseguro, nadie quiere ser débil, ni iracundo, ni envidioso, ni soberbio o inmaduro, pero se es mil veces. Bajar a los infiernos, subir cargados de lava podrida, limpiar, sacar, depurar, mostrar, dejarse ayudar, aprender y madurar no se hace en un día, ni siquiera en un millón.


jueves, 7 de febrero de 2019

TUYO



Hay un dolor extraño que duele en el otro cuando estás en él, que te duele en sus pasos aunque no andes allí, en sus vacíos y en sus esfuerzos, en sus vísceras al caer la tarde. Hay un dolor extraño que es tuyo por ser de quien es, que es hondo como el nervio de un molar, caliente y frío como un calambre, violentamente pausado por no poderse paliar. Hay un dolor extraño que acaso se quiere padecer atrayéndolo a batallar lejos de su origen, el suyo que ahora es tuyo. Un dolor extraño, ilegítimo a la fuerza, robado sin saña, absorbido y comulgado, del otro y tan de uno que lastima no saberse en igualdad. Hay un dolor extraño que duele en el otro.