viernes, 21 de julio de 2017

PARCIALES, SUMANDOS, TOTALES

Encajar no es complementar, al revés tampoco. Encajar es sólo eso, hacer click, amoldar una pieza dentro, encima, debajo, al lado de otra a modo de puzle, como puede encajar un gajo de mandarina en el lugar de un diente de ajo o una castaña en el hoyo número cuatro de un campo de golf. Encajar resulta armónico - en apariencia -, homogéneo - a simple vista -, sencillo y automático, pero pobre.

Complementar es destacar sin sobresalir - homogeneizando -, es aportar y recibir - formando armonía -, es no hacer click o quedarse fijado allí, en el hueco evidente; es hacer distintas cada una de las posibilidades que son infinitas. Complementar es posar un punto rojo sobre un fondo gris haciendo al gris indispensable y al rojo necesario para que sean eso que ambos son cuando se dan a un tiempo, genuinos, conjuntados que no iguales. Complementar es más bello que encajar porque requiere el esfuerzo natural de las cosas que terminan siendo únicas en unión tras haber sido ordinarias por separado.

lunes, 17 de julio de 2017

VESTIGIOS

Si en el viaje te pierdes siempre puedes buscar el marcapáginas, si es que lo dejaste, o el borde doblado de la hoja, si acaso la quebraste. Uno se moverá contigo, será tu candil hasta el último aliento de la última letra; el otro quedará siempre entre las líneas como una cicatriz reminiscente. Así se marca la vida. Y los libros.



viernes, 2 de junio de 2017

FELICIDADES ES PLURAL


Existen cumpleaños modestos, con escaso jolgorio y celebraciones justas, cumpleaños multitudinarios, con invitados que nadie conoce y caretas sin gomillas, hay cumpleaños tristes, sin tarta, sin apenas nadie - o nadie - y con los pesares de las arrugas y los despropósitos. Hay cumpleaños estándar, con felicitaciones sinceras y regalos elegidos, y tensos, y lacios, y desproporcionados y hasta violentos los hay. Y luego están los que yo llamo cumpleaños huecos. Y así los nombro porque sin remedio alguno mi capacidad sinestésica me hace ver en el cinemascope de mi cabeza una especie de masa formada por anillos o circunferencias concéntricas. Son algo así como capas de distintos colores. Hay una capa plagada de flores formando una guirnalda circular, hay otra capa con regalos deliciosamente envueltos; acercándose al centro le sigue una capa llena de sol y brisa cálida, luego otra más que sabe y huele a carne recién guisada, y otra que está hecha de poros, de abrazos, de manos que se entrelazan y de calor corporal; y hay una última capa de un color que no es de este mundo y que se asemeja al verde y en donde se puede apreciar una mezcla de almas - no queráis saber qué forma tienen, la tienen -, a veces me parecen muchas formando una sola y la mayoría de las veces me parecen ser sólo dos. En el centro, presidiendo la aureola mágica, y como cabría esperar, va la persona cumpleañera, sin cara, sin cuerpo, sin nada tangible aunque pueda verla bien, la sinestesia es así . Por eso yo los llamo cumpleaños huecos, porque en mi bola de colores de este día el centro hace ya tiempo luce vacío. Desde luego son asuntos de imágenes mentales, bien distintas a las imágenes del espíritu que se amontonan sin dejar espacio hasta el punto de maravillarme al comprobar cómo siempre cabe algo más. Esas nunca dejan de crecer, aumentan y aumentan en número, en calidad, vívidas y puras, siempre festivas aun cuando antaño, quizá,  no lo fueron tanto.

viernes, 21 de abril de 2017

PÉTALO A PÉTALO, UN LIBRO.



Es mejor escribir con tachones, mejor que un retroceso de plástico marcado por una flecha, es más hermoso a los sentidos de quien escribe conservar bajo una línea o varias o un garabato aquellas palabras que no serán las definitivas, sino que fueron sus precursoras; es mejor el papel arrugado testigo de la furia del juntaletras, reliquia de sus ripios y motivo de sus ganas. Es mejor la tinta, que no deja de ser sangre, oscura y fría, pero sangre que aún no sabe que lo es; es mejor construir montes lasca a lasca, hoja a hoja, gramo a gramo. Es más bello ver el cuerpo del hijo que crece a imaginarlo ya henchido, tocarlo y amar sus golpes, sus borrones y sus renglones torcidos. Es mejor empuñar el arma, curtir la piel, sudar la pluma, sentir las venas aporrear el trazo, ganando terreno, corriendo al son de los tambores que marcan el ritmo de la batalla, que duela, que cunda, que agote, que satisfaga. Es mejor, diría. Si yo escribiera, si yo lo hiciera, si yo lo fuera.

martes, 21 de marzo de 2017

YA ES PRIMAVERA

Flores y engendros nuevos, viejos trompeteros y crecientes alérgenos; sudoraciones incipientes, alteraciones nictemerales, ostentoso júbilo y estornudos con estruendo. Talones agrietados, dedillos excarcelados, carne blanca y baldeos de suelo; pájaros chillones, ráfagas de viento, viejas en balcones y perros sueltos. Ya es primavera, estaréis contentos.



miércoles, 15 de junio de 2016

SI LA DICHA ES BUENA


La vanidad es como cualquier otra adicción. Comienza tenue y silenciosa a la vez que va proporcionando al espíritu esa sensación engañosa de bienestar y euforia típica entre los efectos de cualquier sustancia alteradora de las emociones verdaderas. Al principio, causa síntomas vertiginosos, de plenitud, superioridad, autocontrol, todo un cúmulo de estados placenteros que engrosan el ego hasta suspenderlo en un nirvana en el que, como un simple globo inflado de aire, necesita de soplidos y más soplidos para mantenerse flotando. Y es así como se apodera de uno, cada vez más y más soplidos no bastan porque el ego es ya tan gordo que ni cien mil globos en el éter serían capaces de sujetarlo.

Adictiva como es, la vanidad - si es que se tiene consciencia - desencadena en culpa y en posterior vacío cuando finalmente el globo no puede más y sucumbe. Primero llega el estruendo, el boom explosivo de tanta goma hinchada, luego el batacazo del pobre ego, obeso y dolorido por tan descomunal impacto, y después la vergüenza de verse caído e inútil en el suelo. Afortunadamente, suele ocurrir con las caídas vergonzosas que el desparramado rápidamente se iza para evitar las miradas burlonas, que ciertamente las habrá, con lo que tras sacudirse la ropa y mirar a los lados, el ego al fin será eso, un ego, ni flotante ni inflado, ni encima ni debajo del resto de su especie, un poco magullado por el incidente, pero feliz de no verse en la labor de depender de ráfagas huecas de aire que, como chutes de jaco, anden impulsándolo hacia alturas que no le corresponden.

Lo idílico es no engancharse, pero cuando un vanidoso cae, normalmente nace una gran persona.

viernes, 10 de junio de 2016

LA CARTA DE AJUSTE


Estábamos casi a media luz, invierno, sentados junto a la mesa camilla que en aquellos tiempos era el centro neurálgico del hogar, de hecho, no teníamos sofá ni lo echábamos de menos porque, entre otras cosas, aún no se estilaba en las casas, al menos en las casas humildes como la nuestra. Yo estaba terminando de hacer algo en un cuaderno de anillas, a ratos con la mano derecha y a ratos con la izquierda, seguramente unos deberes inventados, con esos años todavía no llevaba tarea a casa, pero a mí me gustaba escribir, garabatear y jugar a ser más responsable de lo que en realidad era, igual que ahora.

Mi padre, que estaba sentado tieso como un palo a mi lado, se levantó un poco para alargar el brazo y subir el volumen del televisor, y con ese poco tacto para decir ciertas cosas que le caracteriza me dijo: "A partir de mañana no ponen Banner y Flapi nunca más". Se me heló la sangre y una coz imaginaria me atravesó el estómago. Empecé, como siempre hago, con un amago de puchero, luego, como siempre también, intenté adaptar la realidad a un estado que no me lastimara tanto basándome para ello en el mínimo atisbo de esperanza real que podía ver en aquel momento. "Pero si acaba de empezar, mira, tú le has dado voz para que lo veamos", dije. "Sí, el de hoy, pero mañana ya no hay. Se acaba. Para siempre".

Lloré y lloré con el corazón encogido durante la media hora agónica que duró el capítulo. Todavía lo recuerdo y me angustio. Ya no pensaba en lo que estaba viendo, ni en sus caritas felices y sus saltitos graciosos, ya sólo pensaba en mañana, en mi pena y mi desconsuelo de no verlos mañana, en lo irreparable de aquello.

Curiosamente de aquel "mañana" no recuerdo nada. Sin embargo, a lo mejor es por aquel mal rato por lo que me gustan tan poco las personas que con sus sentencias pesimistas de futuro hacen de menos al presente, esas personas que dan más importancia a las preocupaciones supuestas y agoreras que serán, o tal vez no, antes que a disfrutar los pequeños gestos del aquí y el ahora, esas que se empeñan en enturbiar el momento con sus lamentos y su proceder de visionarios nefastos. A lo mejor por eso y porque supe customizar aquella experiencia es por lo que siempre encuentro un resquicio de luz entre la mierda que otros arrojan queriendo o sin querer, aunque eso da igual. Mañana ni mañana, ¿qué es mañana, qué poder tiene para reventar un hoy?.