No he contado las veces que volví al mismo sitio. Probablemente, porque no es algo certero, si supiera a qué idéntico lugar regreso cada vez, me habría sido más fácil contabilizar esos regresos, o puede que no, puede que en ese caso únicamente me reconfortara regresar sin más, como ahora, como ahora que no conozco ese origen que tampoco sé si lo es. Pero vuelvo a estar ahí, una y otra vez, decenas ya, puede que centenares de veces, y es curioso cómo, según el viento que sople, porque tampoco entiendo qué mecanismo me lleva a contemplarlo y sentirlo de tan distinta forma cada vez, en ocasiones lo siento casa y en ocasiones trinchera; incluso boquete lo siento. Salgo de ahí, vuelvo a salir porque también volví a entrar, una y mil veces ya, somos mayores y hubo tiempo. ¿Qué pasa durante esas excursiones que se suponían partidas sin retorno? ¿Qué desencadena el retroceso? ¿A dónde se supone que iba? Hay acaso un hilo elástico, como el de esas pelotas de la infancia, que, ciertamente y estirándolo bien, así como se estiran los deseos más hondos, propulsa la bola con energía más que destructiva y poderosa, pero... Ni se destruye ni se emancipa de la base. La base. La casa, la trinchera, el boquete, el origen. Ha habido ocasiones, a puñados, elástico distendido y longitud suficiente, pero jamás tijeras; ha habido tijeras, brillantes y afiladas, pero jamás tajo; ha habido nudos, retorcidos y apretados, que ninguna mano con uñas ha podido desatar, pero jamás rotura. Cualquier día se rompe, eso también es verdad, y a ver dónde queda la pelota. No tener esa información, qué gran alivio.
jueves, 4 de julio de 2019
viernes, 21 de junio de 2019
TODO, NADA
Cuando todo es nada cualquier cosa se convierte en algo, un algo pasajero y pleno, no obstante, en ese momento en el que esas cosas cualesquiera son todo cuanto uno tiene o, espejismos racionales, cree tener. Vacío o lleno. Se sabe que es vacío y se llena con la nada que hace de todo. La culpa, a veces, el pesar, la contemplación del fallo propio no hacen más que renombrar ese vacío, tan lleno de banalidades y fuegos fatuos. Lleno al fin y al cabo, más al cabo que al fin, el fin es el presente eterno que, desgraciadamente, no llena, aunque lo parezca, y funciona a ratos. ¿Qué falta? ¿Qué era que ya no será? ¿Cuál es ese hueco maldito de cada uno? ¿Por qué cuesta tanto ponerle nombre?
miércoles, 5 de junio de 2019
BAJAMAR
Recuerdo las casetas de la playa. Las recuerdo esos días o esos ratos en los que en pleno sopor anímico una sombra fresca la alivia a una tanto como aquellos años. Sin horarios ni prisas, sin nombre siquiera. La niña. La niña se quemaba a posta los pies con la arena sólo por sentir luego el reconfortante frío del hueco sombrío entre dos casetas. Como ahora. Recuerdo los platos de plástico y su sonido sobre el hule en aquella mesa de bisagras mohosas, el rechinar de los minúsculos granos por el mantel y en la boca, la gaseosa casi caliente y el olor a sandía. Los recuerdo con la felicidad amarga del limón de la paella. La bajamar inmensa, interminable, luciendo a lo lejos como mostrando el mundo, el que aún no llegaba, ni llega. Recuerdo la marca de la vacuna en su brazo, grande como el sol aunque no tan redonda, y el tacto, su tacto de luz y sombra. Las casetas de playa, sus rayas blancas, sus rayas verdes, y azules y rojas. El silencio pactado de la siesta, la comunión de todos estando alejados, cada uno en su montículo, su hamaca, sus anhelos de sobremesa. El carro de los helados que pone boca abajo los cartones de bingo. Siempre de nieve y de fresa. Recuerdo las casetas de la playa. Las recuerdo cuando sigo allí y cuando vuelvo, cada poco y cuando muero. Aquellas colmenas con fondo de salitre, familias enteras. Familias. ¿Familia? La sombra de las casetas, tan lejos.
miércoles, 22 de mayo de 2019
SOLOS
Hay siempre una primera vez, una sola que es la primera, una que bien puede recordarse hasta expirar o pasar desapercibida como si nunca empezara. Jamás se está preparado, aunque sí lo parezca, y nunca se le abre los brazos o se le tiende la mano; ni siquiera se le espera o se presiente, únicamente llega. Las siguientes visitas escuecen menos, o más, no sigue patrón aun siguiéndolo y no fortalece de la manera que luego es relatada, nos hace mentir, por tanto. Aparece en medio del dolor más tosco, entre la angustia primigenia y los temores más antiguos de la especie humana; llega en la infancia, en la adolescencia y con trote escandaloso en la edad adulta. Pisa, aplasta, sella con lacre frío y compacto nuestros labios dejándonos hablar y chillar por dentro, sumiéndonos en los ecos de nuestros alaridos. Una tinaja sin boca. Llega en cualquier momento, violenta maza, la certeza de saberse solo, la vez primera y el resto de todas ellas.
lunes, 29 de abril de 2019
CALIENTES
Caen calientes y espesas y raras veces avisan. Más saladas que las otras, más pesadas y rígidas, formadas perfectamente, casi dibujadas, y punzantes. Se deslizan enteras sin romper su forma hasta las comisuras de los labios, hasta el cuello otras veces. Las lágrimas calientes son las únicas lágrimas vivas desde mucho y hasta siempre; no requieren aspavientos ni ademanes, nacen sin parto y jamás mueren, no desfiguran la cara porque no vienen de ella ni de los ojos, emanan directamente del alma. Qué ñoñería tan cruel cuando sabes que el alma existe. Brotan de ella así te tapes la boca, la muevas formando curva cual risa o frunzas la cara simulando enojo, o indiferencia, no vale; brotan, queman, arden, pesan gramo y medio cada una. Pasean por las mejillas, inexpresivas estas, calladas y zorras ellas. Te hacen llorar cuando no quieres ni debes, te hunden en ese pantano suyo donde desembocan, te arrastran a su mar salado y lacio desde allá donde te pillen. Las lágrimas calientes son escasas en la vida, pero la ocupan entera porque vienen para quedarse. Nadie más las ve, nadie más que tú las siente, no dejan ojos rojos, ni fatiga ni surco, jamás se comparten ni se enjugan. Las lágrimas calientes no se remedian ni se olvidan, se acogen, se prueban y se las traga uno. Gramo y medio. Por cada hueco, medio y uno por cada pérdida o cada pretérito inconcluso, uno y medio por cada vano intento y cada fracaso. Gramo y medio pesando un mundo caliente sobre una cara que tras ellas ha de volver a sonreír.
viernes, 22 de marzo de 2019
¿PERDIDO?
Saberse perdido también es estado. Nadie se pierde en ninguna parte, en el vacío o el éter, sino en aquello que, lejos de no creer conocer, conoce; conoces el continente y cada rincón del contenido, desordenado y no ubicado, que no ajeno ni extraviado. Saberse perdido es - igualmente - estar en todo aunque no exista hallazgo de plena comodidad en nada. Saberse perdido no implica moverse, y aun así te mueves, más que encontrado, establecido, acabado. Saberse perdido es empezar mil veces, billones, trillones. Saberse perdido es saltar al vacío de lo lleno, caer de pie y mirar a los lados, no reconocer techos, paredes y suelo y querer saltar de nuevo.
domingo, 3 de marzo de 2019
VACÍO
Sangrar en silencio sin aparente motivo, ni herida, sin sangre delatora anunciando pérdida; mas, ¿qué se pierde cuando no hay nada? Nada más que el vacío sangrante, incesante desde el principio. Llorar riendo sin razón alguna, ni escandalosa pena, sin lágrimas calientes anunciando ausencia; pero, ¿qué anhela quien nada quiere? Nada salvo todo, que es la abstracción constante, imparable desde el origen.
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